Hay límites que existen. Y otros que simplemente dejamos de cuestionar. Al igual que ocurre con las palabras: existen algunas de tamaño pequeño capaces de detener movimientos enormes.
No.
Dos letras.
A veces llegan desde fuera. Un cliente que rechaza una propuesta. Un proyecto que no consigue financiación. Una idea que no encuentra apoyos. Una oportunidad que finalmente no sucede.
Esos noes molestan.
Pero últimamente pienso que quizá no sean los más importantes.
Hay otros mucho más silenciosos.
Los que dejamos de escuchar porque hace tiempo que forman parte de nuestra manera de pensar.
No podemos.
Eso aquí no funciona.
Nuestros clientes no lo entenderían.
No tenemos recursos.
Siempre se ha hecho así.
Ahora no es el momento.
Son frases aparentemente inocentes. Algunas incluso razonables. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos si continúan siendo ciertas.
Porque hay límites que existen.
Y otros que simplemente llevan demasiado tiempo sin ser cuestionados.
El no que permanece
Las organizaciones necesitan certezas.
Procesos, normas, estructuras y maneras de hacer que permiten trabajar sin tener que replantearlo todo cada mañana.
Es lógico.
Sería imposible avanzar si cada decisión obligara a empezar desde cero.
Pero existe una paradoja.
Aquello que nos ayuda a avanzar también puede terminar impidiendo que avancemos.
Una decisión que tuvo sentido hace cinco años puede convertirse en una norma no escrita.
Una experiencia negativa puede condicionar las siguientes.
Una respuesta que funcionó durante mucho tiempo puede seguir aplicándose cuando la pregunta ya ha cambiado.
Y entonces aparece la inercia.
No como falta de trabajo.
Sino como exceso de certeza.
Dejamos de preguntarnos por qué hacemos algo y empezamos simplemente a hacerlo.
¿Quién dijo que no?
Hay una pregunta que me gusta especialmente cuando trabajo con organizaciones:
¿Quién decidió que esto tenía que ser así?
A veces aparece inmediatamente una explicación.
Pero otras ocurre algo bastante revelador.
Nadie lo sabe.
La decisión lleva tanto tiempo incorporada a la organización que ha perdido su origen.
Siempre se hizo así.
Y pocas expresiones me parecen tan interesantes desde el punto de vista estratégico.
Porque detrás de ese «siempre» puede existir experiencia.
Pero también miedo.
Costumbre.
Comodidad.
Una estructura que nadie se ha detenido a revisar.
O simplemente una respuesta antigua para una realidad que ya no existe.
Cuestionar no significa cambiarlo todo
Existe cierta fascinación contemporánea por la transformación.
Parece que para avanzar haya que reinventarlo todo.
No estoy de acuerdo.
Cuestionar una decisión no significa necesariamente cambiarla.
Significa volver a elegirla.
Y existe una diferencia enorme entre hacer algo porque siempre se ha hecho así y continuar haciéndolo después de comprobar que sigue siendo la mejor opción.
Lo primero es inercia.
Lo segundo es estrategia.
Quizá después de revisar un proceso descubramos que funciona perfectamente.
Que no necesita innovación.
Que no necesita tecnología.
Que no necesita una nueva herramienta.
Entonces habremos llegado exactamente al mismo lugar.
Pero ya no estaremos allí por costumbre.
Estaremos por decisión.
Las marcas también construyen sus propios límites
Esto sucede especialmente en comunicación.
Una empresa decide hace años quién es su público.
Cómo debe hablar.
Qué puede contar.
Qué servicios debe destacar.
Qué canales le funcionan.
Qué imagen quiere proyectar.
Y esas decisiones van construyendo poco a poco una identidad.
Hasta que llega un momento en el que algunas dejan de describir la marca y empiezan a limitarla:
- No podemos hablar así
- Eso no interesa a nuestros clientes
- Nuestro sector es muy tradicional
- Nuestra competencia nunca hace eso
Precisamente.
Quizá la pregunta interesante sea: ¿Por qué?
Las marcas no pierden relevancia únicamente porque cambie el mercado.
A veces la pierden porque siguen obedeciendo decisiones tomadas para una versión anterior de sí mismas.
El valor de una mirada externa
Quizá por eso me interesa tanto observar una organización desde fuera.
No porque quien llega desde fuera sepa más que quienes llevan años construyéndola.
Normalmente ocurre exactamente lo contrario.
Ellos poseen el conocimiento.
La historia.
Los matices.
La experiencia.
Pero precisamente esa cercanía puede convertir algunas cosas en invisibles.
Quien llega hace preguntas que dentro ya dejaron de hacerse.
¿Por qué?
¿Para qué?
¿Quién lo decidió?
¿Sigue siendo necesario?
¿Y si lo hiciéramos de otra manera?
Preguntas aparentemente sencillas que, en ocasiones, abren conversaciones que llevaban años pendientes.
La mirada externa no sustituye el conocimiento interno.
Lo obliga a explicarse.
Y cuando tenemos que explicar algo que llevamos mucho tiempo dando por supuesto, empezamos también a verlo de otra manera.
No todos los límites deben romperse
También conviene decirlo.
Hay noes extraordinariamente valiosos.
No a proyectos que nos alejan de nuestro propósito.
No a clientes con los que no podemos aportar valor.
No a crecer de cualquier manera.
No a comunicar por comunicar.
No a perseguir cada tendencia.
Una estrategia también consiste en saber renunciar.
Por eso la cuestión nunca debería ser eliminar los límites.
La cuestión es saber cuáles hemos elegido y cuáles simplemente hemos heredado.
Porque los primeros construyen identidad.
Los segundos pueden terminar construyendo jaulas.
Volver a elegir
Quizá septiembre tenga algo de eso.
Volvemos.
A las agendas.
A los proyectos.
A los ritmos.
A muchas de las cosas que dejamos antes del verano exactamente donde estaban.
Y quizá sea un buen momento para no retomarlas todas automáticamente.
Para observar alguna de ellas durante unos segundos antes de volver a ponerla en marcha.
No hace falta cambiarlo todo.
Ni siquiera hace falta cambiar mucho.
A veces basta con detenerse delante de uno de esos noes que llevan años acompañándonos y formular una pregunta.
¿Esto sigue siendo verdad?
Puede que la respuesta sea sí.
Perfecto.
Seguimos caminando.
Pero puede que descubramos que aquel límite que parecía formar parte del paisaje ya no existe.
Y entonces quizá la estrategia no consista en encontrar un camino nuevo.
Quizá consista simplemente en atrevernos a recorrer uno que habíamos descartado demasiado pronto.

