Cuando todo te lleva a mirar allí, ¿qué estás dejando de ver?
Hay imágenes que prácticamente deciden por nosotros dónde debemos mirar.
Una línea que avanza. Una sucesión de formas. Una perspectiva que conduce la vista hacia un punto concreto. No necesitamos instrucciones. Nuestros ojos siguen el recorrido y nuestra atención acaba exactamente donde parecía previsto que acabara.
Y mientras miramos allí, dejamos de mirar todo lo demás.
No porque no exista.
Porque nuestra atención ya ha elegido.
Quizá algo parecido sucede con muchas de las decisiones que tomamos. En el trabajo, en una empresa, en una estrategia, en la manera en la que afrontamos un problema e incluso en la percepción que tenemos de nosotros mismos.
Todos tenemos puntos ciegos.
La expresión procede de algo bastante literal: aquello que queda fuera de nuestro campo de visión. Sabemos que está ahí, pero desde nuestra posición no podemos verlo. Y precisamente por eso, cuando conducimos, aprendemos a compensarlo. Movemos la cabeza. Utilizamos los espejos. Cambiamos ligeramente nuestra posición antes de tomar una decisión.
Lo curioso es que no siempre hacemos lo mismo cuando el punto ciego no está en la carretera.
Entonces resulta mucho más fácil pensar que si no lo vemos, quizá no exista.
Y ahí el punto ciego deja de ser únicamente un obstáculo para convertirse también en una estupenda excusa.
No veo, luego no tengo que decidir
Nuestro cerebro agradece los caminos conocidos.
Busca patrones, simplifica la realidad y selecciona información porque sería imposible procesarlo absolutamente todo. Necesitamos esos atajos para desenvolvernos cada día. El problema comienza cuando dejamos de utilizarlos como herramienta y empezamos a utilizarlos como refugio.
Vemos aquello que confirma lo que ya pensábamos.
Prestamos más atención a los datos que encajan con nuestra hipótesis.
Escuchamos con mayor facilidad las opiniones que se parecen a la nuestra.
Y encontramos argumentos extraordinariamente convincentes para continuar haciendo aquello que llevamos mucho tiempo haciendo.
No siempre se trata de desconocimiento.
A veces sabemos que hay algo fuera del encuadre.
Simplemente, mirar hacia allí resultaría incómodo.
Porque verlo podría obligarnos a reconocer que una decisión ya no funciona. Que aquel proyecto al que hemos dedicado tanto esfuerzo necesita cambiar. Que nuestro cliente ha evolucionado. Que una estrategia que dio resultados durante años empieza a agotarse. Que el problema que atribuíamos al mercado quizá también tenga algo que ver con nosotros.
Ver tiene consecuencias.
Y no ver, algunas veces, resulta tremendamente práctico.
Cuando el punto ciego nos protege
Por eso me interesa pensar que nuestros puntos ciegos no siempre esconden una carencia. En ocasiones esconden una resistencia.
Hay una diferencia importante entre no saber y no querer saber todavía.
La primera se resuelve buscando información.
La segunda exige algo bastante más difícil: cuestionarnos.
En comunicación ocurre continuamente. Podemos revisar métricas, cambiar formatos, estudiar tendencias, incorporar herramientas, probar nuevas plataformas y generar más contenido. Podemos mirar muchísimo y, sin embargo, seguir sin ver.
Porque quizá el problema no esté donde estamos buscando.
Tal vez no necesitamos otra herramienta, sino preguntarnos si tenemos algo relevante que decir.
Tal vez no necesitamos publicar más, sino entender mejor a quién hablamos.
Tal vez no falla el canal.
Tal vez falla el mensaje.
Y cuanto más esfuerzo invertimos mirando en la dirección equivocada, más difícil resulta admitir que deberíamos cambiar de posición.
Cambiar el lugar desde el que miramos
Un punto ciego tiene una particularidad maravillosa: desaparece cuando nos movemos.
No hace falta que desaparezca aquello que lo provoca. Basta con modificar nuestra posición.
Quizá por eso una mirada externa puede resultar tan valiosa. No necesariamente porque sepa más. Ni porque tenga una respuesta extraordinaria que nosotros no habíamos imaginado.
Simplemente está mirando desde otro sitio.
Una conversación, una pregunta inesperada, alguien que acaba de incorporarse a un proyecto o incluso una crítica que inicialmente nos incomoda pueden enseñarnos una parte del escenario que nuestra posición habitual había dejado fuera.
Pero para eso hay que estar dispuesto a mirar.
Y quizá ahí esté la parte verdaderamente difícil.
Porque detectar un punto ciego no consiste únicamente en descubrir algo que desconocíamos. También puede significar encontrarnos frente a algo que llevábamos tiempo eligiendo no mirar.
¿Qué estás dejando de ver?
Volvamos a la imagen.
Todo conduce nuestra mirada hacia el fondo. Las líneas, la perspectiva, la luz, el recorrido.
Es casi imposible resistirse.
Pero el resto de la imagen sigue ahí.
También ocurre fuera de ella.
Nos acostumbramos tanto a mirar hacia nuestros objetivos, nuestros problemas, nuestras certezas o nuestra manera habitual de hacer las cosas que podemos acabar confundiendo aquello en lo que ponemos el foco con todo lo que existe.
Y no es lo mismo.
Por eso quizá, de vez en cuando, convenga hacerse una pregunta incómoda:
Cuando todo me lleva a mirar allí, ¿qué estoy dejando de ver?
O una todavía más incómoda:
¿Qué estoy eligiendo no ver?
Porque algunas respuestas no aparecen cuando miramos más.
Aparecen cuando nos movemos.
Y quizá descubrir nuestro punto ciego empiece exactamente ahí: en atrevernos a mirar desde otro sitio.

